SINCRONICIDADES

Mi primer “cero kilómetro”

En algún momento durante el año 2011 comenzamos a madurar con Elisa la idea de comprarnos nuestro primer auto cero kilómetro. Desde nuestro primer auto, un viejo Mehari, todos nuestros autos habían sido “usados”. Poco a poco, cada vez que cambiábamos el auto nos acercábamos un poco más a los modelos más recientes, pero en el mejor de los casos llegamos a comprar un auto de unos diez años de antigüedad.

De más está decir que un porcentaje importante del dinero que nos ahorrábamos a la hora de comprar el auto, lo terminábamos tirando en los talleres mecánicos para arreglar todos los desperfectos que iban surgiendo. Con los dolores de cabeza, las frecuentes ocasiones en que no podíamos contar con el auto, y los sinsabores de quedarnos en el camino por desperfectos imprevistos.

Así que en el 2011 pensamos que el siguiente año encararíamos la compra de nuestro primer cero kilómetro. Recuerdo que puse mucha “energía” en ese sueño. Navegaba frecuentemente Internet viendo las diferentes marcas y modelos, viendo y comparando precios y viendo alternativas de financiación. La idea era vender nuestro auto usado y financiar el saldo con algún préstamo o plan de financiación.

Decidí que era un buen motivo para “pedirle al Universo” que configurara todas las situaciones y todos los recursos para que nuestro propósito se hiciera realidad, y que atrajera ese auto nuevo a nosotros. Creía que tenía que ser lo más claro y específico posible al hacer este pedido, así que parte de mi “investigación de mercado” tenía el propósito de decidir exactamente qué modelo de auto iba a “pedir” al Universo.

Pensé que tenía que ser lo más realista posible, queriendo decir con eso que yo mismo pudiera creer que el auto que fuera a pedir tenía que estar “a la medida” de lo que yo mismo podía “creer” como posible. Creía que si me dirigía a un auto que yo mismo considerara “demasiado” para mí, me iba a resultar difícil creer, y de ese modo mi falta de confianza atentaría contra la posibilidad de que mi deseo se plasmara.

Pero al mismo tiempo tenía que ser un auto que estuviera a la altura de mis sueños y expectativas. Un auto que fuera “menos” de lo que yo realmente deseara no lograría motivarme lo suficiente para que yo pusiera allí mi entusiasmo y pasión al pedir.

Después de considerable búsqueda, análisis y comparación, mi elección recayó sobre el Volkswagen Voyage. Así que pasé varios meses “pidiendo” por mi Volkswagen Voyage. Frecuentemente buscaba en Internet para ver fotografías, videos e información sobre el auto de mi elección, procurando retroalimentar mi deseo y mi estado emocional favorable.

Le expliqué a Elisa las razones por las que creía que ese era el auto para nosotros, y a ella le pareció razonable. Así que comenzamos a compartir esa misma ilusión. Nuestro sueño y nuestra nueva expectativa pasó a formar parte de muchas de nuestras conversaciones.

Pero sería un proyecto que encararíamos después de nuestras vacaciones familiares. Hacía muchos años que Elisa soñaba con que hiciéramos un viaje familiar a otro país. Su sueño era que cruzáramos alguna frontera juntos con nuestros hijos. Así que la decisión de ir a Brasil fue otra de las decisiones “importantes” que tomamos en ese año 2011. El destino elegido fue Praia Do Rosa, en Brasil, un viaje de 1.800 kilómetros en auto. Aunque era mucho para nuestro Volkswagen Polo, con sus doce años ya, confiábamos en que todavía estaba en buen estado para poder hacerlo, aunque no completamente exentos de riesgos.

Cuando no habíamos hecho todavía 500 kilómetros, al cruzar el límite entre las provincias de Entre Ríos y Corrientes (todavía en Argentina), noté que el motor comenzaba a perder fuerza y que el indicador de temperatura del motor había subido considerablemente. Detuve el auto al costado de la ruta, y al abrir el capot vi con desazón que el agua estaba hirviendo.

Estábamos a la entrada de Mocoretá, la primera localidad de la provincia de Corrientes ingresando por la Ruta 14. Unos lugareños nos indicaron un taller mecánico 200 metros más adelante. El diagnóstico fue que se había fundido la junta de la tapa del motor, lo que implicaba dos días de trabajo para arreglarlo, y un dinero que impactaba directamente sobre nuestro presupuesto de vacaciones.

Decidimos hospedarnos en Chajarí, la ciudad fronteriza del lado de Entre Ríos, que tiene un hermoso complejo de aguas termales, hasta que nuestro auto estuviera arreglado. Lo que podrían haber sido dos días para disfrutar –cosa que hicimos con mucho esfuerzo–, fue un tiempo de mucha tensión porque no lográbamos ponernos de acuerdo en cómo seguir nuestro plan de vacaciones.

La primera gran decisión que teníamos que tomar era si seguir o no a nuestro destino en Brasil, considerando que todavía teníamos más de 1.200 kilómetros por delante. Toda la situación con el auto, tener que lidiar con el mecánico, la compra de los repuestos, una interconsulta con otro mecánico de Chajarí, más otras tantas idas y vueltas, me generaron una gran tensión, y no me sentía con ánimo y coraje para asumir el riesgo de seguir viaje con el auto en esas condiciones, con un arreglo de esa magnitud a manos de un mecánico que no me inspiraba demasiada confianza.

La decisión, consensuada de mala gana por el resto de mi familia, fue no avanzar. El siguiente “round” fue entre buscar un nuevo destino cruzando hacia Uruguay o quedarnos en Colón, en Entre Ríos, sin cruzar la frontera. Nuevamente mis temores me hicieron insistir en el criterio de no cruzar la frontera y que todos nuestros desplazamientos fueran en dirección a nuestra casa, es decir, reducir al mínimo el “alejarnos”, lo que acarrearía mayores costos en el caso de un nuevo desperfecto mecánico.

El malestar entre nosotros iba en aumento. Finalmente primaron mis temores y alquilamos una cabaña en un hermoso lugar boscoso en Colón, pero alejado del río y de todo lo que pudiera significar algún atractivo turístico, salvo la espesura del bosque. Una noche –la primera y única que pasamos en ese lugar– ocurrió la peor tormenta en años, según nos relataron al día siguiente los lugareños. Fue la gota que rebalsó el vaso, y sin dudarlo decidimos poner fin a nuestras vacaciones y volver a casa.

Fue sin dudas una de las experiencias más traumáticas de nuestro matrimonio y nuestra vida como familia.

Ya sobrepuestos, y después de procesar todo lo que nos había pasado en esos tres o cuatro días de desdichas en cadena, tomamos con Elisa la firme decisión de encarar la compra de nuestro cero kilómetro. No estábamos dispuestos a seguir sufriendo por un auto viejo.

Las siguientes tres o cuatro semanas tuvimos mucha actividad recorriendo agencias de autos, analizando distintas alternativas de financiación, comparando precios y costos de financiación, valores de las cuotas que deberíamos enfrentar por los siguientes dos o tres años, y así siguiendo.

Al cabo de un primer recorrido cubriendo todas las alternativas que parecían estar a nuestro alcance, nos debatíamos entre dos modelos de auto: uno era el Voyage, que yo ya había puesto desde el año anterior como objetivo de mis “peticiones” –aunque nunca le mencioné esto a Elisa–, y otro era el Chevrolet Corsa, un modelo más accesible desde lo económico, pero también más “básico” como vehículo.

Aunque claramente mi deseo estaba en el Voyage, compartíamos con Elisa nuestras dudas respecto a priorizar el auto que más nos gustaba o inclinarnos por la opción más “conservadora”. Mi primera “pequeña sorpresa” vino un día cuando yo estaba casi definitivamente inclinándome por esta segunda opción, y Elisa me dijo con total convencimiento: “¡Vamos por el Voyage!”. Aunque con cierta duda y no poco temor, lo tomé como una “señal” de que el Cielo estaba actuando y respondiendo favorablemente a mi petición. Así que eso me animó a avanzar también más decididamente por ese camino.

Pero era un período en que mis ingresos personales estaban flaqueando, y me encontraba desde hacía un buen tiempo en una “meseta”, en un país con una inflación creciente y yo con mucha dificultad para ajustar los honorarios que les estaba cobrando a mis clientes fijos, y más dificultad para generar clientes nuevos. De hecho, en términos “reales” –en función de su poder adquisitivo– mis ingresos estaban decreciendo. Hacía un tiempo ya que Elisa ganaba más que yo, y era una tendencia en crecimiento.

Pero cuando tomamos la decisión de comprar el auto cero kilómetro, acordamos que afrontaríamos las cuotas en partes iguales, el 50 por ciento cada uno. Eso me ponía a mí en una encrucijada: por una parte, tenía la sensación de estar poniéndome una soga al cuello, que en términos económicos me significaba un gran esfuerzo por generar más ingresos y cuidar cada centavo que ganara para poder hacerme cargo de mi compromiso. Pero al mismo tiempo era un desafío personal de confiar en que, si eso era lo que había pedido al Cielo, entonces el Universo se encargaría de poner a mi disposición los recursos económicos para poder afrontar ese tiempo sin sobresaltos.

Nunca voy a olvidar la experiencia que significó esa decisión para mí. Recuerdo el viernes que fuimos a la agencia de autos con Elisa para firmar toda la documentación, cuando salimos de la agencia y nos estábamos despidiendo porque cada uno tenía que ir en distintas direcciones, Elisa me preguntó:

– ¿Cómo estás?

– Bien –le contesté–. Confiado.

Una respuesta breve, pero que encerraba un mundo de sensaciones ambivalentes. La palabra “confiado” contenía –como en el Yin y el Yang– toda la “incerteza” de un panorama que solo podía intuir que debía modificarse en el corto plazo para acomodarse al desafío de este nuevo escenario.

El lunes anterior le había enviado a un posible cliente una propuesta/cotización que, de aprobarse, significaría un ingreso mensual adicional que cambiaría positivamente mi situación, y definitivamente me daría una considerable tranquilidad para afrontar esa cuota. Pero era solo una cotización más, como tantas otras que envío a posibles clientes que me piden alguna propuesta. Por cierto, esta era muy importante por la combinación de factores que representaba un monto que si bien no era “¡Wow!”, pero la seguridad de cobrarlo todos los meses –mientras durara el acuerdo– le daba ese nivel de importancia. Pero en mi fuero íntimo no le daba más visos de posibilidad que a otras, y nada de lo que había conversado con el dueño de aquella empresa me hacía pensar que tuviera altas chances de que me lo aprobara. Y en el mejor de los casos, me imaginaba que querría negociar la propuesta para que redujera mis pretensiones económicas.

El lunes siguiente a haber firmado la documentación para la compra del nuevo auto –más precisamente tres días después–, a las nueve de la noche, cuando ya me disponía a ir a cenar, un mail del empresario en cuestión me hizo saltar de la silla con un grito de alegría que dejó atónitas a Elisa y a mi hija Ludmila:

– Hola Esteban: tu propuesta me pareció muy razonable, de manera que está aceptada.

En un instante mágico, había pasado de sentirme con la soga al cuello a experimentar un desahogo y una holgura que me permitía respirar con alivio y felicidad. Me parecía una experiencia increíble. En los días sucesivos –y hasta hoy– no podía dejar de pensar en la secuencia de acontecimientos. Como si el paso de fe que había dado, confiando en que los recursos aparecerían para hacerle frente, hubiese abierto las puertas del Cielo para que yo recibiera lo que había pedido.

Esta experiencia me recuerda una historia que leí en algún momento de mi infancia o mi temprana adolescencia. Se trataba de una interpretación del cruce del Mar Rojo por parte del pueblo de Israel en su salida de Egipto, perseguido por el ejército del Faraón, que repentinamente se arrepintió de dejarlos libres de la esclavitud a la que habían sido sometidos por más de 300 años. El autor de aquella reflexión decía que el Mar Rojo se abrió en dos en el momento en que Moisés puso un pie en el agua decidido a cruzarlo, aunque se trataba de un mar de gran extensión y profundidad. Solo un acto de fe contrario a toda lógica y toda razón podía intuir semejante proeza. Humanamente resultaba un verdadero delirio, un sinsentido irracional. Pero el mar de abrió en dos y el pueblo de Israel pudo atravesarlo caminando por su lecho seco. Cuando el poderoso ejército egipcio siguió sus pasos, el mar se volvió a cerrar sobre ellos.

Yo había leído ese relato varias veces, y me resultó extraña la afirmación de que Moisés hubiera comenzado a avanzar poniendo un pie en el agua. Tuve que buscar el relato bíblico para verificarlo, y comprobé que, efectivamente, el texto de la Biblia no decía nada de eso. No obstante, entendí el mensaje que intentaba transmitir este autor, y siempre recordé esta “versión” del relato del cruce del Mar Rojo como una manera muy gráfica de proponer que el Universo –o Dios– acude en nuestra ayuda y nos asiste cuando nosotros damos ese paso de fe con el que confirmamos y “decimos” de manera expresa y con pleno compromiso de nuestra parte, que tomamos en serio nuestra confianza en la acción de Dios a nuestro favor.

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