Después de años lidiando con mis dificultades para lograr mejoras importantes en mi nivel de ingresos, “algo” sucedió en los últimos meses. Finalmente puedo decir que estoy encontrando algunas claves para dar un giro y comenzar a disfrutar de mayor prosperidad y abundancia. Aquí comparto mi testimonio y mis reflexiones.

¿Cómo decirlo? Los seres humanos tenemos cierto prurito a la hora de hacer públicos los números de nuestros ingresos económicos. Pero no quiero dejar de compartir mi “testimonio” personal, y decir que los míos siguen creciendo. Si ya te descargaste y leíste la “muestra/anticipo” de mi libro, habrás visto que allí contaba el despegue que habían tenido desde diciembre del año pasado y durante los dos o tres primeros meses del actual. Ahora, transcurridos ocho meses desde entonces, puedo decir que mi economía sigue en ascenso.

¿Y por qué hacer público un dato que forma parte del ámbito de lo personal y privado? Porque es un testimonio que está alineado con la propuesta de este Blog y de mi libro. De lo que se trata es de descubrir y entender esa suerte de “leyes”, o “causas”, con las que logramos que el Universo se alinee con nuestros propósitos y nos asista.

Estos meses transcurridos desde diciembre me están resultando un verdadero “laboratorio”. En un texto de mi libro que escribí a comienzos de mayo (no está incluido en la “muestra”), reconocía que el repunte de mis ingresos económicos había tenido un freno en abril, y manifestaba mi conciencia de una relación directa con mi actitud, o diría más bien con mi “estado mental” en relación con mis ingresos.

El fenómeno se repitió ahora, entre los meses de junio y julio, con un leve declive en el primero y un claro repunte en el segundo que, de hecho, es un mes “récord” para mi economía personal.

¿CÓMO EXPLICO LA MEJORA DE MIS INGRESOS ECONÓMICOS?

Aunque es difícil sostener una relación inequívoca de causa-efecto, veo una clara correlación entre mi estado de ánimo (mi actitud mental) y los ingresos económicos que genero. Y, por otro lado, si esa correlación es tan clara, ¿cómo atribuirle al “Universo” unos resultados que están tan asociados con lo que yo mismo hago o dejo de hacer?

Tal vez allí, precisamente, esté una de las “claves” para entender qué hacemos nosotros cuando logramos que el Universo se ponga de nuestro lado y nos asista. En otras palabras, ¿cuál es la diferencia entre tantas veces que “pedimos”, y parece que Dios/Universo nos ignora o mira para otro lado, y las ocasiones en que nos sorprende con respuestas favorables?

Me parece que hay una frontera muy sutil. Tan sutil que se requiere una fina sensibilidad intuitiva para “verla”. Tan sutil que, si la contamos a otros, se nos hace difícil “mostrar” y lograr que otro vea lo que nosotros vemos. Tan sutil que, más probablemente, solo logremos que nuestro circunstancial interlocutor nos replique que, a su modo de ver, el Universo no ha tenido nada que ver, y claramente ha sido un logro nuestro, fruto de nuestro trabajo, esfuerzo y dedicación. Y, muy probablemente, con el correr del tiempo y las cosas que vayamos viviendo en los días, semanas y meses posteriores, nosotros mismos terminemos abandonando aquella “intuición”, y creyendo que, efectivamente, solo había sido una mera casualidad.

Y hablando de “sutil”, allí es, precisamente, donde tengo puesto actualmente mi foco de atención para entender cómo “operamos” para hacer que las cosas sucedan, tanto en relación a nuestros ingresos económicos como a todos los órdenes de la vida. Estoy cada vez más convencido de lo pertinente del principio hermético que afirma que “como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera”. Hay una íntima correlación entre el plano físico-material y los planos sutiles.

En lo que llamamos planos sutiles ubico dos grandes dimensiones –por definirlos de algún modo–. Del lado de lo que el principio hermético llama el “adentro”, ubico aspectos como la mente, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y emociones, todo aquello que habitualmente reconocemos como perteneciente al ámbito de lo energético. Y del lado del “arriba”, aquello que solemos imaginar como la esfera de lo “divino”, los planos cósmicos, el “Universo” (en ese sentido no-físico, sino más bien energético o espiritual), lo que algunos también identifican como la “Fuente”, o, sencillamente, Dios.

LA RELACIÓN ENTRE ADENTRO/ARRIBA Y ABAJO/AFUERA

Si mi manera de entenderlo es correcta, pareciera haber un paralelismo entre el “adentro” y el “arriba”, por un lado, y una identidad (de idéntico) entre el “afuera” y el “abajo”. En otras palabras, lo que generamos y experimentamos dentro nuestro (nuestros pensamientos, emociones, sentimientos), tiene un correlato (se replica, por así decirlo) en los planos superiores, y se manifiesta, se plasma, en el plano más “denso” del mundo físico-material.

Allí está el verdadero desafío para nosotros, seres humanos. No somos una “unidad”, o, mejor dicho, no nos manifestamos como la unidad que somos originalmente. Somos lo que Carl Jung llamaba una “legión”. Múltiples personalidades, o rasgos de personalidad, en permanente tensión, pugnando por manifestarse.

El apóstol Pablo lo expresó de un modo tremendamente claro: maldito de mí, porque aquello que quiero hacer, no lo hago, y aquello que no quiero hacer, eso es precisamente lo que hago.

De un modo más general, aquello que deseamos expresamente choca contra nuestros miedos y nuestras culpas, nuestras inseguridades y falta de confianza. Creemos, conscientemente, que estamos pidiendo al Universo mejores ingresos económicos, más salud, mejores vínculos, y así siguiendo, pero creemos que no lo merecemos, que no somos dignos, que no somos capaces, que no somos lo suficientemente inteligentes o no tenemos la capacidad necesaria. ¿Cuál es el mensaje que estamos enviando realmente al Universo? ¿Lo que decimos querer, o lo que creemos no merecer? ¿El mensaje que ponemos expresamente en palabras (sean habladas o simplemente pensadas), o el mensaje de las “vibraciones” de nuestro corazón? ¿Cuál de los dos tiene mayor potencia y mayor volumen?

DOS REQUITITOS: FIDELIDAD Y ARMONÍA

Vamos a plantearlo en otros términos para hacerlo más claro. Si quiero que el Universo se alinee conmigo y con mis propósitos, primero tengo que lograr que todo mi ser esté alineado con esos propósitos. Si mis pensamientos van en una dirección, y mis sentimientos (conscientes o inconscientes) van en otra, el Universo no logra descifrar lo que realmente quiero. Del mismo modo, si hoy quiero una cosa y mañana otra, el Universo no se pondrá en marcha para asistirme.

Y aquí hay otra cuestión importante que hay que tener muy en claro. Escuché hace unos meses una interpretación del concepto de “fe” que me pareció muy rica y pertinente. Para ser más precisos, la explicación se refería al concepto cristiano de fe, y, sobre todo, al concepto de fe que enseñaba Jesús.

Según esta concepción, Jesús no enseñaba a sus discípulos a tener “fe”, sino “fidelidad”. Pero no fidelidad a alguien (a Dios o a alguna causa divina), sino ser “fiables”. De lo que se trata no es de creer (tener fe), sino de ser creíbles (fiables). ¿Cuál es nuestro “crédito” ante el Universo? ¿Soy creíble?

Teniendo claro este concepto (no estoy defendiendo esta interpretación de los textos bíblicos, simplemente digo que me parece una reflexión pertinente), surgen dos requisitos para que logremos poner al Universo de nuestro lado. En primer lugar, la constancia. Si un día tengo un deseo, y otro al día siguiente, claramente no soy fiable en cuanto a mis intenciones y propósitos. Y, en segundo lugar, la armonía, o la sintonía de todo mi ser. Que todo mi ser esté alineado hacia los mismos propósitos. Que mis pensamientos (mis deseos expresos) estén en armonía y sintonía con los sentimientos y las emociones con los que los abrigo y envuelvo.

De estos requisitos surge una consigna: ponerme en marcha en dirección a aquello que digo desear. Allí es donde se ponen realmente en juego mi fidelidad y mi credibilidad. Si digo que quiero mejorar mis ingresos económicos, pero no hago nada para lograrlo, no soy creíble.

Y allí volvemos a lo de la frontera sutil entre “pedir” y “hacer”, entre nuestros propios logros y lo que el Universo nos trae. El Universo nos envía aquello que pedimos, pero nosotros solo podremos apropiarnos de eso si también nos movemos en dirección a dónde se encuentra.

En el momento en que nosotros nos ponemos en marcha para obtener aquello que decimos desear, entonces el Universo nos cree y nos toma en serio. Y entonces, hace su parte. Y nos sorprende. Nunca deja de sorprendernos. Pero la mayor parte de las veces, lo hace de un modo sutil. Y requiere sensibilidad para poder percibirlo y reconocerlo.

Y, como en todas las otras áreas de nuestras vidas, el entrenamiento crea habilidad y destreza, y una facilidad cada vez mayor, tanto para lograr las cosas que deseamos y nos proponemos, como para detectar esas sutiles manifestaciones del Universo.