Foto Estación Retiro del Ferrocarril Belgrano

PRIMER CAPÍTULO DEL LIBRO

Instrucciones

Una de las experiencias más fascinantes que he vivido en mi vida sucedió un día en que había tenido actividades en el Microcentro de Buenos Aires. Iba a regresar a casa en tren desde la estación Retiro del Ferrocarril Belgrano Norte. Era la “hora pico”, entre las cinco y las seis de la tarde, cuando multitudes de personas toman el tren al cabo de su día de trabajo. El Ferrocarril Belgrano, aunque bien mantenido, todavía tiene trenes antiguos, tirados por las viejas y potentes locomotoras Diesel. Las puertas de los vagones se abren y cierran manualmente.

La historia que voy a relatar puede sonar un tanto risueña, y de hecho lo es. Como todo el mundo, tengo mis “pequeñas particularidades”, que seguramente parecerán muy extrañas para la mayoría de los mortales. Cuando viajo en tren suelo aprovechar ese tiempo para alguna lectura, que es lo mejor que puedo hacer para no sentir que estoy desperdiciando un tiempo precioso de mi vida. El viaje de Retiro a Tortuguitas, donde vivo, dura poco más de una hora.

Lo particular aquel día era que estaba completamente compenetrado con la lectura de un libro que había comenzado a leer recientemente, a tal punto que deseaba profundamente que nada durante ese viaje alterara mi plena atención de la lectura. Al llegar a la estación y encaminarme por el andén por el que en unos minutos arribaría mi tren, me inquietaba anticipar el momento en que el tren se detendría, e imaginaba los pasajeros descendiendo mientras los que aguardábamos para subir comenzaríamos a apretujarnos, disputando milímetro a milímetro los espacios cercanos a las puertas para arremeter hacia los asientos junto a las ventanillas. Es el triste espectáculo cotidiano de los transportes públicos en las horas pico de Buenos Aires y tantas otras grandes ciudades.

Como decía, aquel día y en aquel momento tenía muy bajos mis niveles de sentido de la solidaridad, y lo único que quería era sentarme junto a una ventanilla y que nada ni nadie interrumpiera mi lectura. Mi curiosa “particularidad”, casi un capricho, era que quería sentarme junto a una ventanilla del lado izquierdo. No me daba lo mismo que fuera el lado derecho porque me gusta sentarme cruzando mi pierna derecha sobre la izquierda. Por algún motivo me resulta sumamente incómodo cruzar la pierna izquierda sobre la derecha, como si tuviera menos flexibilidad en esa pierna, y me cansa rápidamente.

El libro que venía leyendo no era cualquier libro. Su título es muy elocuente: “Pide y se te dará”, de Esther y Jerry Hicks. El subtítulo: “Aprende a manifestar tus deseos”. De manera que mientras esperaba el tren decidí que era una excelente oportunidad para poner en práctica –y poner a prueba– las recomendaciones del libro. Así que dediqué ese tiempo de espera a “manifestar mi deseo” a través de mis pensamientos, pidiendo al Universo que de alguna manera hiciera que cuando el tren ingresara a la estación se detuviera de manera que una puerta de uno de sus vagones quedara exactamente allí donde yo me encontraba parado. Mi razonamiento era que esa era la única manera en que yo pudiera asegurarme de ser uno de los primeros en subir al tren, y así pudiera elegir mi asiento junto a una ventanilla del lado izquierdo.

De más está decir que ese día no entraba en mis planes cederle el asiento a ninguna persona con “capacidades disminuidas”, y estaba plenamente preparado para aferrarme a mis más fuertes impulsos egoístas. De manera que a mis pensamientos orientados a conseguir ese asiento junto a una ventanilla del lado izquierdo, agregué mi deseo de que a mi lado se sentara una persona de contextura poco voluminosa y más bien tranquila y quieta, que no hiciera nada que me desconcentrara de mi lectura.

Dediqué largos minutos a repetir y sostener estos pensamientos, intentando convencerme a mí mismo de que alguna forma de energía sutil estaba emanando de mi mente hacia los confines del Universo, provocando una reconfiguración de átomos y partículas que llevarían al resultado que yo me proponía, y que al detenerse el tren, mágicamente una puerta quedaría estacionada frente a mis narices.

Cuando la locomotora y los seis vagones de la formación asomaron en el horizonte, reforcé mi ejercicio mental, para dejarlo recién cuando hizo su ingreso a la estación y lentamente fue disminuyendo su marcha. Mi expectativa fue creciendo en forma directamente proporcional a la disminución de la marcha del tren, como el apostador que observa el giro de la rueda de la ruleta a medida que se hace más lento y puede ya comenzar a especular con el casillero en que caerá la bolilla.

Una a una las puertas de los dos primeros vagones pasaron delante de mí, y también la primera puerta del tercer vagón, y ya pude ver que mi suerte dependía de la segunda puerta de ese tercer vagón o la primera del vagón siguiente. La primera de aquellas dos puertas pasó lentamente frente a mí, y ya se apreciaba que difícilmente llegaría hasta mí la siguiente puerta. Para mi más profunda desazón, la formación se detuvo dejándome parado exactamente en el medio de los dos vagones. No podía estar parado en el sitio más equivocado ni más alejado de alguna puerta de ascenso al tren.

Observé con desolación cómo las gentes se abalanzaban sobre las puertas y esperaban cual hienas hambrientas el descenso de los pasajeros que acababan de llegar, listos para treparse como una estampida para pelear palmo a palmo los mejores asientos del tren.

Sonreí para mis adentros pensando en la “bofetada” que acababa de propinarme el Universo, como queriendo enseñarme una lección: “¿Así que quieres que detenga el tren para que una puerta quede exactamente frente a tus narices? Pues aquí tienes, para mostrarte que yo puedo hacer que el tren se detenga donde Yo quiera, pero no eres tú el que va a decirme dónde debo hacerlo”.

Me lo tomé como una lección que debía aprender, la acepté como tal, y me dirigí lenta y pausadamente hacia una de las puertas, aguardé a que la muchedumbre subiera y me dispuse a sentarme simplemente en cualquier asiento, resignado a que fuera lo que fuera. Una vez arriba me encaminé hacia el pasillo del vagón a mi izquierda, y vi a la gente desplazándose apresuradamente para conseguir un asiento. Me invadió una sensación de agobio y sentí que no quería ser parte de esa vorágine, así que me di la vuelta y me dirigí hacia el pasillo del otro lado, como si esperara que de aquél lado el escenario fuera diferente. Por supuesto, la situación era exactamente la misma, y aunque ya todo el mundo iba tomando asiento y quedaba menos gente decidiendo dónde hacerlo, el panorama general era básicamente el mismo.

Me llamó la atención observar que unos metros delante de mí, a unas cuatro o cinco filas de asientos, un par de asientos seguían sin ser ocupados del lado izquierdo del pasillo. Era muy extraño, dado el tiempo que había pasado desde el momento en que la gente comenzó a subir al tren. Era a todas luces improbable que un par de asientos permaneciera todavía sin ocupar. Pensé que con toda seguridad los asientos debían estar rotos, o alguien habría vomitado sobre ellos, o volcado un yogur con cereales.

Avancé lentamente por el pasillo, notando que nadie parecía estar siquiera prestando atención a ese par de asientos. No había ninguna duda de que algo desagradable debía estar sucediendo allí. Mi curiosidad iba aumentando a medida que me acercaba. Dirigía alternadamente mi mirada hacia los asientos y hacia las personas que seguían en el pasillo, y no podía figurarme por qué ni siquiera parecían notar que allí había un par de asientos desocupados.

Cuando finalmente estuve al lado de los asientos y pude echarles una mirada, solo vi dos asientos libres, perfectamente enteros y absolutamente limpios. Volví a mirar a las personas en el pasillo, y seguían sin mirar hacia allí. Giré mi cabeza nuevamente hacia los asientos con descrédito, seguro de que debía haber algo allí que yo todavía no lograba ver. Fijé mi vista sobre los asientos con toda mi atención, miré el suelo debajo de ellos, y cuando finalmente logré eliminar toda duda y quedar plenamente seguro de que los asientos estaban sanos y limpios, repentinamente caí en la cuenta de lo que estaba sucediendo. Estaba absolutamente perplejo y sorprendido, pero comprendí que esos dos asientos estaban reservados para mí.

Me senté, con clara consciencia de que algo absolutamente “sobrenatural” acababa de suceder, y que yo era la causa. No logré descifrar el misterio de cómo había sucedido, si el resto de la gente sencillamente sufrió alguna especie de “punto ciego” que hizo que esos dos asientos quedaran excluidos de su campo visual, o una “alucinación” que les hizo ver los asientos ocupados por alguien. No sé cómo sucedió, pero sí estoy absolutamente convencido de que no fue una mera casualidad o un hecho fortuito. Algo “extraño” sucedió, y fue en respuesta a mi “pedido”.

Por supuesto, a mi lado se sentó una señora de dimensiones medianas, y el viaje fue todo lo que mi alma lectora podía anhelar.

Pero allí no termina la historia. El día siguiente, a la tardecita, estando en casa me senté en un sillón en el living para continuar la lectura. A poco de retomar donde había dejado el día anterior, me encontré con un pasaje en el que los autores explicaban con toda claridad que cuando pedimos algo al Universo debemos centrarnos en pedir exactamente lo que queremos (el qué) y dejar en manos del Universo el cómo. El argumento era que el Universo tiene infinidad de recursos para hacernos llegar eso que queremos, y tiene todo el conocimiento y toda la inteligencia para elegir la mejor forma de hacerlo.

Pero lo que me quedó grabado –ya que parecía ser la exacta explicación que daba sentido a mi experiencia del día anterior– fue el concepto de que no nos preocupemos por darle al Universo las “instrucciones” de cómo tiene que hacer para darnos aquello que queremos. Si yo quería sentarme al lado de una ventanilla del lado izquierdo, el Universo no tenía ninguna necesidad de mis instrucciones de cómo hacer que eso fuera posible. Todo lo que yo tenía que hacer era indicarle mi intención de sentarme junto a una ventanilla del lado izquierdo. Y dejar el resto en manos del Universo.

Lo curioso es que normalmente el proceso de aprendizaje ocurre tomando primero las lecciones “teóricas”, y recién cuando logramos comprender los conceptos realizamos alguna tarea “práctica” para terminar de internalizar el nuevo aprendizaje. En este caso yo recibí mi lección teórica recién después de una experiencia práctica muy potente, que hizo que la explicación quedara grabada en mi mente y en mi corazón como una marca profunda e imborrable.

Esta experiencia y este aprendizaje me acompañan desde entonces, como una prueba y un recordatorio indelebles de que existe una poderosa ligazón entre nuestros pensamientos y las fuerzas del Universo. De alguna manera nuestros pensamientos –y la fuerza de la emoción que acompaña esos pensamientos– activan acciones en el Universo que tienen efectos y resultados en nuestro entorno.

La pregunta a la que desde adolescente busco respuesta es: ¿por qué esos resultados y esos efectos parecen tan aleatorios? ¿Por qué solo ocasionalmente los vemos de manera tan evidente, al punto que los calificamos como eventos extra-ordinarios? ¿Por qué tantas veces pedimos, incluso con mucho más fervor e insistencia de lo que lo hice en aquella ocasión, y parece que nadie nos escucha, nadie oye, nadie responde, nada sucede?

¿Cuál es la clave para lograr que esa relación causa-efecto esté disponible para nosotros como una constante? ¿Hay una manera “correcta” de pedir? ¿Hay una cualidad de pensamiento que “funciona”, mientras que pensamientos que no logren esa cualidad no surten ningún efecto, o solo lo hacen de manera más pobre o menos efectiva?

Mientras me formulo estas preguntas, a la luz de la experiencia que acabo de relatar, no puedo dejar de traer también las preguntas relativas al “contenido” de nuestras peticiones. Las grandes tradiciones religiosas y espirituales ponen mucho énfasis en la importancia de que cuando formulamos nuestras peticiones al Cielo nos aseguremos de que estén en sintonía con los valores más elevados, vinculados con la compasión y el sentido trascendente de la vida. No parece que mi pedido de un asiento “en primera fila” en el tren tuviera mucho de esas cualidades. Precisamente me hace mucha gracia cada vez que recuerdo esta historia, y tengo muy claro que a todas luces se trató de un capricho egocéntrico.

Pero más allá del matiz jocoso, ese mismo carácter caprichoso de la experiencia no hace más que agregarle un elemento que desconcierta a quienes nos hemos formado en una tradición “piadosa”. ¿Cómo es que las fuerzas del Universo acudieron en mi ayuda para satisfacer un deseo tan pueril?

Me recuerda un relato de los evangelios, según el cual un día Jesús tenía hambre y se acercó a una higuera esperando encontrar higos para comer, pero la higuera no tenía más que hojas. Entonces Jesús maldijo a la higuera –aunque según el mismo relato bíblico no era época de higos– y la higuera se secó inmediatamente. Siempre vi un costado caprichoso de Jesús en este episodio. Los evangelios de la infancia de Jesús –catalogados por la Iglesia como “apócrifos”– abundan en eventos de este tipo. Más allá de la historicidad de esas historias, parecen dar cuenta de cierta tradición presente en algunos sectores del cristianismo primitivo.

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